jueves 2 de julio de 2009

Reflexiones de una madrugada cualquiera


¿A un escritor que escribe idioteces, qué se le debería de enseñar; a no escribir idioteces, o a no pensar idioteces?

Si un hombre es imbécil, es imbécil. No veo el porqué de atribuirle méritos a la sociedad.

Se puede viajar al futuro, lo que no se puede es volver.

miércoles 1 de julio de 2009

Lila "MR"





Ilustración: Mael
Guión: Rose

martes 30 de junio de 2009

¿Ya te ibas?


- ¿Ya te ibas?
- ¡No seas tan hija de puta! Al menos déjame entrar
- ¿Qué quieres?
- Dame otra oportunidad. Por favor…
- ¿Para qué? La volverías a joder. Estoy cansada
- ¡He cambiado!
- No te creo…
- Déjame que te lo demuestre
- ¿Demostrar? ¿qué me puedes tú demostrar a estas alturas?
- Que te quiero… que ya nunca más volveré a tropezar
- Llevabais viéndoos desde hace 2 meses ¿tropiezo? ¡Aquello no fue un puto tropiezo!
- Y me arrepiento cada instante de haberlo hecho
- ¡No! De lo que te arrepientes es de que esa guarra se dejara el tanga entre los cojines.
- Dime qué es lo que quieres que haga, y lo haré. Pídeme lo que quieras, qué si tengo que morir por hacerlo lo haré.
- ¡Joder! Eres patético.
- No me lo hagas aún más humillante. No me hagas esto, sabes que no sé vivir sin ti.
- Haberlo pensado antes.
- Recuerdo cuando solíamos ser felices…
- No sigas, en serio.
- Cuando parecía que nos comeríamos el mundo…
- Joder, vete. Te lo pido por favor.
- En el fondo sé que aún me quieres, que todavía queda algo.
- ¿Sabes? Lo poco que quedaba acaba de desaparecer

domingo 28 de junio de 2009

Katamalo - Min hau


A
los desgarradores versos de Peru Aranburu, que describre de manera sublime lo visceral de la impotencia y el dolor del ser humano, Gorka Urbizu le incorpora una dulce melodía y su inconfundible voz, haciendo que el resultado hable por sí sólo.

Katamalo - Éste dolor

Sé que este dolor es mío, muy mío
pero no encuentro la herida por ningún lado;
¿Realmente me surge la felicidad de mis entrañas,
o no seré yo quién va tras ella?

Para ahora ya he aprendido
a soportar las tinieblas en la piel;
Otras veces, por el contrario,
me encojo,
se me infla el abdomen,
y siento el corazón suplicando sol

De nuevo este dolor,
perdura

Cuando uno mismo se convierte en un campo de guerra,
¿qué es ganar? ¿qué la perdida?
Yo no quiero sacar nada en claro de aquí,
salvo el mero hecho de sentirme vivo

De nuevo este dolor,
perdura


sábado 27 de junio de 2009

Jesús

Jesús fue ateo, pero nadie le creyó

miércoles 24 de junio de 2009

Desde su ventana

El cielo se había revestido de un color azafranado corroborando así los peores presagios. Los arboles ardían tanto que se habían convertido ya en antorchas que iluminaban de forma siniestra las avenidas, y los ríos, ahora secos, ya no eran más que el rastro de exorbitantes serpientes. Por todos los rincones se iban viendo cómo pájaros que no habían tenido la fortuna de partir, se asfixiaban por el calor y se iban estampando contra las fachadas, o cómo los gatos que aún no encontraban dónde esconderse caían muertos en los callejones. Los bancos crepitaban, y las farolas, al igual que los coches, que los autobuses y que los buzones, se iban fundiendo formando corrientes plateadas que iban cubriendo lentamente la ciudad y haciendo de ella un lugar prácticamente intransitable.


Mientras tanto, Lucinda, contemplaba el desolado panorama desde la ventana de su habitación, y preguntaba a su hermana Clara si de verdad lograría el otoño llegar esta vez.

lunes 22 de junio de 2009

La minuciosidad de Noah


D
e vez en cuando se suceden noches tan caprichosas que logran arrastrar la ciudad entera hacia un profundo silencio. En cuanto el último rayo de sol se esconde, las fábricas dejan de funcionar y los vehículos inexplicablemente se van poco a poco deteniendo en mitad de la calle y apagan sus motores. Miles de transistores de pronto interrumpen su emisión y los perros dejan de ladrar. A su vez, las personas que aún callejeaban, aturdidas tal vez por lo que está sucediendo alrededor, se abstraen íntegramente de sus distintas preocupaciones y sin aparente razón van quedando una a una ancladas al suelo, completamente inmóviles, admirando esa ausencia de algarabía, ajetreo y estridente bullicio a las que suelen estar habituadas.

En ocasiones así, a John Burdock le gusta rescatar una guitarra que atesora cuidadosamente en una azotea abandonada y desde allí trazar fogosas melodías que en su día compuso para Noah, su ahora fallecida esposa. Desea que sus acordes, secundados tal vez por el inusual silencio que cubre la ciudad, consigan llegar al cielo y la demuestren así lo mucho que significa ella para él, lo mucho que aún la echa de menos. Pero en cuanto apenas ha rasgado las cuerdas, al encontrarse todo tan silente las notas se esparcen arbitrariamente y no alcanzan a escoger la dirección que a él le gustaría. Se cuelan en las casas, en las bibliotecas y en los teatros, atraviesan estrechas callejuelas, acarician las farolas y se propagan velozmente por parques y plazoletas abrigando en cuestión de segundos incluso los rincones más yermos del barrio. Las notas, atónitas al descubrir la pista de baile para ellas solas, cabriolean con tanta delicadeza que en escasos minutos se encuentran sobrevolando gran cantidad de las barriadas colindantes, y poco tiempo después es la ciudad entera la que ha sucumbido ya bajo el encanto de su música. Pero John Burdock en realidad toca para Noah, y al alzar la mirada y comprobar la exorbitante distancia que lo separa del cielo, todo parece indicar que por muy fuerte que toque, ella no va a tener nunca la fortuna de poder volver a escucharle.

A pesar de ello, cada vez que se produce una noche así en la que el tiempo se detiene y la ciudad vuelve paulatinamente a ir quedando absorta en un insólito silencio, John Burdock regresa a la azotea y se aferra nuevamente a su guitarra, totalmente ajeno a que Noah, tal vez, haya vuelto a prepararlo todo minuciosamente desde el cielo tan sólo para poder escuchar cómo él toca una vez más para ella.